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lunes, 13 de febrero de 2017

Cazadores de pájaros en la nieve y pajarillos fritos

Foto: Luz del Monte


por Fabián Castillo Molina



Revolución

poema

Siempre habrá nieve altanera
que vista el monte de armiño
y agua humilde que trabaje
en la presa del molino.
Y siempre habrá un sol también
un sol verdugo y amigo
que trueque en llanto la nieve
y en nube el agua del río.

León Felipe (Versos y oraciones de caminante (1920-1929))


Cazadores de pájaros en la nieve y pajarillos fritos


La nieve había vuelto a cubrir todo Pedroñeras de blanco. Ya era el tercer día que nevaba sobre nevado y, los dos rodillos de la era de Sebastián formaban dunas blancas perfectas. La cañada Vieja se divisaba como un mar de sábanas impolutas, tendidas sobre la tierra y cubriendo las plantas. Se elevaban, haciendo ondulaciones en los olivares y viñedos junto al camino del cerro Ratón. Lo recuerdo bien, como si hubiera sido ayer.


Los dos amigos de mi hermanico y yo acechábamos detrás de una tapia medio hundía junto al Pocillo. Vimos cómo un gorrión se posó suavemente, justo en la zona donde estaba el gato camuflado. Picoteó en las miguillas de pan seco que Goyo había espolvoreado alrededor de la miga más tierna y principal, la que sobresalía sobre las otras. Pronto picó en aquella miga que fue su perdición. Saltó el gato y lo atrapó como si fuera uno de los que dicen ¡miau! Lo enganchó por el cuello la ballesta. Recuerdo verlo revolotear entre la nieve cogido entre aquellos dos alambres malditos, intentando zafarse del artefacto, pero antes de conseguirlo corrieron a cogerlo los tres amigos, no fuera a ser que se les escapara. Yo iba detrás, era el más pequeño y el primer día que me dejaban ir con ellos. Nunca había visto cazar pájaros así. Con tiradores y chinas en los árboles era otra cosa. Ahora, al acecho, con ellos y mis botejas katiuskas de goma, frías como el reguillo, aguanté como pude hasta el final. A las botas se les caía pronto el pañejo interior pegao a la goma que traían de fábrica como forro, al que llamábamos borreguillo; se arrugaba  y desaparecía a los pocos días de ponételas.

El inocente pajarillo estaba tan contento porque había encontrao algo que comer, estaba hambriento, y  la miga de pan allí estaba esperando sobre la nieve pura.



Foto: Luz del Monte

Mientras revoloteaba, Emilio abrió la trampa, los dos arcos de alambre acerao forzando el muelle central, Goyo le ayudó, cogió el pájaro, vimos la sangrecilla que tenía en el cuello entre las plumejas; una gota cayó, se hundió en la nieve, y los cuatro en silencio nos fijamos en el detalle. Volvieron a colocar otra miga de pan en la punta del alambre recto, más fuerte, que llegaba al centro y enganchándolo in extremis en la diminuta argolla, lo dejaron de tal forma, que apenas picaran en la miga saltara el cepo y cogiera su presa. Después, camuflaron los alambres entre la nieve, dejando la llamativa miga fuera; espolvorearon algunas miguillas más, de pan seco, alrededor, y retrocedimos hasta el escondite que dije antes.  Manuel, el último que venía, iba borrando las pisadas extendiendo  nieve sobre las huellas y disimulando nuestra presencia. La cacería duró hasta que pudimos aguantar el frío de los pies, que parecía que se nos estaban congelando. Repartieron el botín y a mi hermanico le  tocaron dos.

Luego  nuestra madre, en casa, se encargó de desplumalos y nos los dio a comer ya fritos en una sarteneja. ¡Qué cabecilla más pequeña y negreta tenían! ¡Y qué patejas!. Los güesecetes eran como alfileles. La pechuguilla tampoco era mu grande. Nos comimos uno cada uno y a mí, la verdá, aunque me dio lástima, no me estuvo malo el pajarillo frito.


El último libro de Fabián:






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