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sábado, 25 de marzo de 2017

Barredoras de hormigueros: Segunda parte



por Fabián Castillo Molina



Las recogedoras de hormigueros, y paja para la lumbre (II)

Nota previa:

En la primera parte de este relato publicado el pasado mes de febrero (pincha AQUÍ para leerlo), describimos el inicio de la jornada de una mujer pedroñera, que ayudada por su joven hija, las dos habían ido a recoger hormigueros y paja para la lumbre, con el amanecer por el camino de La Veguilla hacia las eras, las primeras tareas y algunos de sus breves diálogos. También el afanoso trajín de las hormigas, después de una tormenta de verano, sacando el grano almacenado y puesto a secar, junto a la entrada de su hormiguero. Y cómo de la manera más natural, ese grano y muchas de esas hormigas iban a parar al costal de la mujer. Ahora damos continuación a la narración y la cerramos, dejando ramificaciones susceptibles de continuarlas, pero independientes de esta.



Las Pedroñeras,  un día de julio de 1961

El grano, una gran montaña para sus dueñas, un cono perfecto hecho por las hormigas junto a la boca de entrada a su hormiguero, había sido recogido hasta el baleo, del baleo a la espuerta y de la espuerta al costal, mientras la joven ayudante abría la boca de éste, atendiendo la orden de su madre.

Aboca bien, hermosona, que no se nos arrame. Dijo la madre, mientras veía que ya estaban descargando  los haces de la mies de un carro con meriñaque y gran galumbo, un padre y un hijo que ella conocía bien. Los iban colocando en una cina nueva, porque la parva de la era estaba todavía a medias de trillar. El sol empezaba a  despuntar sobre el horizonte del Cerro Motrilo, al otro lado de la carretera de La Alberca.





También iban llenando un saco de harpillera, con la paja más limpia que había en las hondonadas donde las lindes eran más altas, y junto a los rodillos de piedra, apartados junto a la era desde que consolidaron el firme para la trilla, o, como se decía, “desde que le dieron a la era”.  El viento había depositado la paja suavemente en esos huecos o cavidades y quedaba allí como si fuera nieve, paja ya seca de nuevo después de la tormenta.

La mañana del mes de julio era fresquita. Todavía quedaba ese olor a humedad aunque el día anterior había sido caluroso. El trabajo se les estaba dando bien. En poco tiempo, habían conseguido llenar el costal de diversos granos: trigo, cebada, avena, centeno… y también hormigas, todo mezclado sin reparos. Las hormigas no habían tenido tiempo de volver a introducirlo sus sus intrincados graneros. Madre e hija, silenciosas y mirando de vez en cuando al camino hacia el lugar, además de haber llenado el costal de grano y el saco de paja  limpia,  habían dejado varios montones de paja menos pura, rastrillados de entre los cardos y hierbajos de los lindazos. Después volverían a recogerlos en otro viaje, o en los que fuera necesario, con varios sacos con el remolquete de mano o carrillo como también solían llamarlo. Esta paja viciada, barrida con algo de tierrecilla y restos de hierbas secas rastrilladas, la subirían a la cámara para el invierno. La misión de esta paja era sujetar un poco la lumbre, que no se apagara, pero que durara lo más posible. No podían permitirse que las cepas o tocones ardieran libremente y seguir añadiendo más y más porque no eran abundantes. La leña recogida del campo era el único medio de calefacción en el invierno, para echar lumbre o encender la estufa; era escasa y se recogía poco a poco a lo largo de todo el año.





Al llegar al lugar, madre e hija, ya cerca de su casa, vieron que, hacía poco, una yunta de mulas y o quizás una uncida a carro de varas habían dejado su rastro con cajonás que todavía humeaban y estaban en medio de las carrilás enfrente de su puerta. Sin pérdida de tiempo, antes de proceder a descargar el grano y la paja del remolquete, la madre con la misma escoba barrió los cajones (así llamaban a la división de excrementos que aun estando todavía húmedos, tenían solidez, no manchaban, ni desprendían olor pestilente, sino el característico de estos animales). Había que recoger pronto también esta “cosecha”, porque, de lo contrario, vecinas que estaban al acecho acudirían a recogerlos aunque no estuvieran en su puerta. Allá irían con el baleo y la escoba, con la excusa de tener limpia la calle.





La madre cogió el baleo y la escoba de mijo de su carillo, y recogió el regalo de las caballerías, mientras la chica miraba atenta. La vecina, entonces, abrió su ventana y le dijo:
 — ¿Ya vienes de por los hormigueros?  Y de propina te llevas ese regalo, pájara.
—Ea, no vas a ser siempre tu la primera. Respondió la madre mientras su hija miraba.
  —Bueno, a ver mañana si me toca a mí.
—Ea…,  -le contestó.

Entró a su casa nuestra protagonista como solía, por la puerta del corral, con el baleo recogido y al decir “¡ticas, ticas!“, las gallinas acudieron con las alas abiertas, cacareando gozosas. Descargó el contenido en el “barranco de la basura” y, allí, las dueñas del corral se encargaron de remover el “alimento” con el resto de los residuos con sus escarbaeras. Pero al ver al momento que descargaba del costal varios puñaos de grano allí en lo limpio del corral, dejaron la faena y alborotaron más aún, acudiendo al banquete que incluía hormigas vivas y que por ese misterioso mecanismo interno pasarían a formar parte de los mejores huevos que día a día dejaban en el nidal, allí en el rincón del fondo.





En el llamado “barranco”, cubierto por la tiná llena de salmientos, poco a poco se iba formando el abono natural que más tarde serviría para alimento de la viña, las patatas o la huerta. Esta costumbre que había en todas las casas, era pura necesidad, por carecer de servicios o váter, ya que no había agua corriente ni desagüe en las casas, y todas las necesidades se hacían allí. El agua había que traerla del pozo más cercano, en este caso del Pozo Nuevo, y para traerla, cada una, sobre todo las mujeres, las chiquetas y la doncellas o mozas eran las encargadas de traer el agua, sirviéndose de cubos, cántaros, cantarillas y botijos; salvo en las casas que tenían su propio pozo en el patio, o un pozo compartido con el vecino al que tenía acceso cada uno desde su vivienda.





Así que había que hacer crecer el basurero y mejorar el abono natural que se producía en los corrales. Además, este espacio, el basurero, era un colchón donde no faltaba la horca de hierro, para cubrir los desechos humanos ya que allí era el sitio donde se descargaban, por no haber llegado todavía el agua corriente a las casas ni los desagües, y, por tanto, no haber tampoco servicios, ter o WC como lo llamaban en los bares. Estos basureros de corral, nada tenían que ver con lo que años más tarde se llamaría también basura y que antes de la separación de residuos, estaba llena de plásticos, latas vacías y todo tipo de desechos de cada casa.

Después de echarles el grano a las gallinas, la madre recogió los huevos del nidal, se pasaron para la casa y se puso a preparar el almuerzo para el padre.

Mientras batía los huevos para la tortilla, se le acercó la chica y le dijo mezclando su voz con el ¡cla cla cla! de la cuchara:

—Madre, ahora tengo que llevale el almuerzo a padre, ¿no?
—¡Aique, hermosona, ahora tú sola tan pequeña por ahí!. No, se lo llevo yo.
—Que no, madre. Que usté tiene mucho que hacer. Voy yo, que a padre le gusta y ya he ido otra vez.
— Bueeeno, venga, ahora te vas, pero con mucho cuidaooo, ¿eh?

Y la pequeña, obediente, sin más, cogió el saquejo de cuadros y se fue caminando, ahora sola, a cumplir el segundo encargo de la mañana.



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