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sábado, 27 de mayo de 2017

Del nacimiento, del amor y de la muerte - Manos pedroñeras (4ª parte)


por Fabián Castillo Molina





Sobre Todas las manos de Pedroñeras,  queda todavía mucho que contar,  pero voy a cerrar con esta cuarta entrega, por ahora, las entradas en este blog que lleva el mismo nombre de las manos. Me puse a escribir de las manos, casi sin darme cuenta en lo que me estaba metiendo, pido perdón por el atrevimiento. Más adelante, quizás tras un descanso veraniego, vuelva aquí para ir completando este homenaje a tantas manos, o como queramos llamarlo.


Del nacimiento

A las manos,
que dan la bienvenida al mundo a una criatura
y  la ponen en manos de la madre, agotada,
mientras sonríe nerviosa,  tras el sufrimiento,
el trance, la experiencia del parto.
Se fija esta en la diminutas manos cerradas 
del recién nacido, en sus mínimos puños,
y piensa que ya lleva con ella, compartiendo la vida,
cerca de nueve meses, si contamos el día
en el que pensó en la posibilidad, ahora sí, de ser madre.
El doloroso parto, ya no es obligatorio
en muchos casos, en los últimos tiempos.
El insoportable dolor que decían las abuelas,
quizás las madres.
Ahora, tras el dolor de la anestesia epidural
aplicada por otras manos,
no necesariamente pedroñeras,
el parto no se siente, aunque la parturienta esté
plenamente consciente.
Un día grande que nunca olvidará mientras viva,
ni la madre, ni quien vino a este mundo.


Del amor

A las manos que por primera vez / acariciaban y acarician otras manos / transmitiendo un placer que nadie / había sido capaz de contar. / Un escalofrío, una descarga. /Simplemente roce de piel con piel, / las yemas de los dedos / de una persona que te cae bien, / con la que apetece estar todo el tiempo del mundo, / quizás pueda decirse / una persona deseada hasta la muerte / Y sin embargo, hasta hacía poco, casi desconocida, /aunque hubiera nacido en el mismo lugar. / Contacto mágico de las manos, / que no era enseñado ni advertido en casa ni en la escuela / y que era capaz de colmar de felicidad, de sueños, cada una de la partes. / Manos de inocente enamorado pedroñero / que escribe cartas a su amada / desde la mili, en pétalos de rosa. / Las mismas manos que empuñan el fusil haciendo guardia / aun a sabiendas de ser un pacifista. / El pensamiento siempre erre que erre en aquella persona. / Y una realidad, baile de la verbena del Pepito, / del parque  o las escuelas viejas. / Manos en la cintura, intentando aproximar los cuerpos / mientras ella, aunque quiere, / lo impide, con su mano en el pecho del oponente  / colocando el codo como barrera infranqueable / separando la mejilla, la frente. / entre medias, los besos a hurtadillas / hablando en la puerta de la casa de ella. /  Luego, al final de esa etapa, la boda. / Más tarde hijas e hijos / mucho después los nietos / que frenan el enfriamiento del amor y lo hacen renacer. Y otros muchos amores de la vida que aquí no cabe mencionar.


De la muerte

A las manos que dan la despedida, y
cierran los ojos que nunca se abrirán.

A las del oficiante, que, discretas,
son testigos mudos de las últimas palabras
de esperanza para los afectados,
que él mismo expresa, ante la irreparable pérdida.

A las que silenciosas y firmes,
fuertes manos, cogen las cuerdas,
las correas, las sogas… 
y, solidarias, ayudan a bajar a la tumba
el féretro de alguien tan querido
para quienes presencian, entre lágrimas,
la bajada al sepulcro infinito,
tras acompañar la comitiva en su  último viaje.
Las mismas manos que también
depositan coronas sobre los ataúdes,
y, además, son las mismas que introducen,
otras cajas, en nichos
de más reducidas dimensiones, para
cumplir el mismo cometido,
dejar allí las manos yertas
para los restos, para la eternidad.
Otras manos deciden que no habrá enterramiento,
mejor convertir en cenizas cuanto antes
el cuerpo ya sin vida y esparcirlas al viento.
El amor y la gloria que fue,
permanecerá mientras haya memoria
en quienes se quisieron
y el nombre escrito en algunos papeles.


El último libro de Fabián Castillo Molina


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